lunes, 8 de agosto de 2011

Faro Sacratif - Jenaro Talens



I

Ordenación simbólica,
si como símbolo consideramos
el arbritrario modo de reconstruir
con fragmentos dispersos,
significando que las convenciones
permiten esbozar, en un vacío
sin nombre, la unidad
que ya es historia.

II

Historia, sí; su frío
redimiera del tiempo de morir.
Esta montaña tiene
caminos escarpados donde jamás las voces llegarían;
que no la habita nadie,
y ni las alimañas
cruzan sobre este polvo y estas rocas
con ruinoso verdín.

Solitarias reposan las ortigas,
los matojos de aliaga en el atardecer.
Y si la luz desciende no acaricia,
resbala en la ladera
que va a dar en la mar.

Porque desde el camino se ve el mar. Un mar,
como esta tierra, estéril.
Jamás un ojo humano contempló en sus olas
los silenciosos escarceos
del sol, ni fueron brillo,
fulguración o espejo para nadie.
Nunca otros ojos, nunca;
porque la sed ardida
de los zarzales y los cabrahigos,
y esos acantilados
que un viento húmedo erosiona, y la musgosa
espuma son presente.
Como presente el ojo y esta inútil
figuración de un hombre que medita
bajo un atardecer alucinado.

III

Toda historia es ficción.
Y más aún: sólo como ficción la historia existe.
Porque no hay tiempo, sino realidad
que acomoda la luz en la memoria:
los cuadrantes de esfera,
el péndulo implacable sobre la pared,
la recogida fiesta familiar
aderezada en el esmalte de las colgaturas,
los precoces espejos que no cobija el aire,
espacios que conmueven con un batir de alas
las pálidas gaviotas sobre el fondo del lienzo,
sin que nadie sospeche que, como torbellino,
asumen su verdad, la verdad de la noche
con nostalgia que ignora
el fijo firmamento de su inmortalidad.

IV

Toda historia es dolor,
y el dolor es historia:
la construida rosa de la resurrección.
Imaginemos un jardín.
Un jardín entre muros donde la bugambilia
crezca sobre andamiajes
que una mano plantó,
Y hay dalias, boj, enredaderas.
Es un jardín pequeño,
sin concreción de tiempo ni espacio.
Sólo una luz: infancia.
Infancia, sí; pasado,
ese extraño país
donde todo sucede de manera distinta.
Ninguna flor persiste
y, sin embargo, todas son,
pues que jamás acecha la caducidad
en el presente inmóvil
del existir, hasta que la memoria
los hechos reinventa y unifica.
Que el transcurso y el orden,
su sucesividad,
son materia simbólica,
y al final sólo queda
no el tiempo: su ficción.
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